
El domingo se cumplen 68 años de la muerte de Miguel Hernández. Murió en la enfermería de la prisión de Alicante, enfermo de tuberculosis, a los 31 años. La más triste de las guerras ("other wars consist of a sucecesion of battles; this one is a sucession of tragedies", Arthur Koestler) le había condenado.
Símbolo del pueblo durante la contienda civil, pasó por una fase de olvido mezclado con desprecio. Primero por el Franquismo y más tarde por la "modernidad". Contaba César Antonio Molina en una brillante semblanza publicada en El País semanal, que en los años ochenta, "en un país donde no hay actitud intelectual más celebrada que el desdén, nada era más fácil de repente que desdeñar a Miguel Hernández: había que ser cosmopolitas, y él resultaba demasiado autóctono; neuróticamente urbanos, y Hernández parecía demasiado rural; adictos a las modas capilares e indumentarias, y él permanecía congelado en su cabeza rapada y sus ropas de pana". Las cosas han cambiado, y se vuelve a respetar y venerar su obra y también su actitud vital, aunque algunos sigan dudando de la sinceridad de su Elegía a Ramón Sijé, debido a la ideología conservadora del que fue su amigo. Yo prefiero creer que Miguel Hernández era un hombre comprometido con la búsqueda de la verdad, que se acercó a diferentes visiones del mundo (antagónicas en muchos casos) y que, pese a ello, pudo conservar a sus amigos más allá de ideologías. Ya nunca más le olvidaremos:
Písame,que ya no me quejo.
Ódiame,
que ya no lo siento.
No me olvides
que aún te recuerdo
debajo del plomo
que embarga mis huesos.

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